Saturday, January 17, 2009

Israel contra la ONU

¿Cómo se puede parar la agresión a Gaza, cuando el poder militar arrasa con el derecho internacional y Washington apoya la masacre?
Jorge Lanata tiene razón cuando dice en su nota del viernes “el mundo debe parar a Israel”. Es lo que piensan todas las conciencias humanitarias de la Tierra. Es lo que se propone –sin éxito– el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon y el secretario de la Asamblea General de la ONU, Miguel d’Escoto. Me pregunto: ¿cómo se puede lograr ese objetivo, cuando el poder militar arrasa con el derecho internacional y Washington apoya la masacre? ¿Puede hacer algo la ONU cuando las fuerzas israelíes bombardean la propia sede de la ONU en Gaza? Ciertamente después se disculpan. “Fue un error”, dicen. ¿Un error? Los halcones de la ultraderecha que gobiernan Israel consideran a la ONU como un enemigo. Dore Gold, ex embajador israelí en Naciones Unidas lo dijo con todas las letras: “El organismo tiene actitudes inaceptables con Israel”.

¿Se refiere acaso a todas las resoluciones del “organismo” que el Estado de Israel ignoró olímpicamente? Es una de las tantas paradojas de la historia: el Estado que nació de una resolución de Naciones Unidas en 1948 ha ignorado todas las resoluciones tomadas desde entonces a la fecha y siempre por el mismo motivo: la violación sistemática de los derechos políticos, civiles y humanos del pueblo palestino.

Empezó por violar la propia Resolución 181 de la Asamblea General votada el 19 de noviembre de 1948, que proponía el famoso Plan de Partición: “Se establecerá un Estado árabe y otro judío independientes y un Régimen Internacional Especial para la ciudad de Jerusalén”. Por ahí anda el presidente de la Autoridad Palestina, el moderado Mahmud Abbas, recordando que la creación del Estado árabe sigue siendo una promesa incumplida sesenta años más tarde.

Violó la 212 (III) de asistencia a los refugiados palestinos adoptada el 19 de noviembre de 1948 y la 194, de diciembre del mismo año, que resolvía: “Los refugiados que deseen volver a sus casas y vivir en paz con sus vecinos deben ser autorizados a hacerlo lo antes posible y se debe pagar una compensación a los que decidan no volver, así como a los que sufrieron daños o pérdidas en sus propiedades”.

Violó la 303, del 9 de diciembre de 1949, creando un régimen especial internacional para la ciudad de Jerusalén. La 242, del 22 de noviembre de 1967, donde se pedía “la retirada de las fuerzas armadas de Israel de los territorios ocupados” y “la consecución de una solución justa al problema de los refugiados”.

El 14 de diciembre de 1978, la Asamblea General prohibió a los Estados miembros la cooperación militar con Israel, al que acusó de utilizar “bombas de fragmentación contra campos de refugiados y objetivos civiles en el sur del Líbano”, así como de mantener estrechos lazos militares con el régimen racista que imperaba entonces en Sudáfrica.

La 446 del Consejo de Seguridad de la ONU determinaba que “la política y las actuaciones de Israel de establecimiento de asentamientos en los territorios palestinos y árabes ocupados desde l969 no tienen validez legal y constituyen un serio obstáculo para la consecución de una paz justa, global y duradera en Oriente Medio”.

La 2.443 de la Asamblea General intentó crear un comité de investigación respecto a graves violaciones de los derechos humanos perpetradas por las tropas israelíes en las áreas ocupadas y expresó su “grave preocupación” por algo que hemos visto repetido hasta la náusea en estos últimos días: la destrucción “de las casas de la población civil árabe en las áreas ocupadas”.

Hay muchas más, pero vale citar la de la Asamblea General del 24 de septiembre de 1982 (ES-7/9), condenando la matanza de civiles en Sabra y Shatila perpetrada por las fuerzas al mando del entonces general Ariel Sharon. O la 904, del 18 de marzo de 1994, respecto de la masacre de Hebrón “que costó la vida a más de cincuenta civiles palestinos e hirió a varios centenares más”.

Todas estas resoluciones fueron ignoradas con el mismo argumento: la seguridad de Israel, el combate contra el terrorismo, etc. Estados Unidos utilizó siempre su poder de veto en el Consejo de Seguridad para impedir que su socio estratégico en Medio Oriente y otras regiones del mundo fuera efectivamente sancionado por la comunidad internacional. Con algunas excepciones, las naciones europeas más poderosas se hicieron las distraídas. El sistema antidemocrático que impera en Naciones Unidas impidió que la Asamblea, que por su propia naturaleza debería ser el órgano principal, hiciera valer el peso de los votos.

¿Mejoró esta política la seguridad de Israel? ¿Suprimió el terrorismo? ¿O, por el contrario, facilitó que los fundamentalistas de Hamás reemplazaran a los seguidores de ese líder dialoguista, misteriosamente muerto, que fue Yasser Arafat?

No es lo que piensan, ciertamente, las conciencias más honestas y clarividentes de la Diáspora o del propio Israel. No es lo que piensan los articulistas del diario israelí Haaretz –citado por Lanata–, ni el líder pacifista israelí Uri Avnery, ni Daniel Barenboim, ni intelectuales argentinos de origen judío como León Rozitchner, Tato Pavlovsky, Juan Gelman o ese valiente periodista que fue Gregorio Selser, o su colega Herman Schiller, que el viernes último presentó en una conferencia al embajador palestino en nuestro país, Farid Suwwan.

Tampoco, estoy seguro, es lo que sienten miles y miles de judíos argentinos de convicciones democráticas y progresistas, como esa manifestante anónima que en una marcha de protesta realizada en Buenos Aires contra las aberraciones perpetradas en Gaza portaba un cartel con esta elocuente leyenda: “Soy judía, no maten en mi nombre”.

La vigencia de estas conciencias libres, dentro y fuera de Israel, contradice la acusación de antisemitismo que se le cuelga automáticamente a todos los que critican una práctica genocida, llevada a cabo por políticos racistas que están pensando en las próximas elecciones y no tienen empacho en sepultar bajo los escombros a cientos de niños aterrorizados que, ciertamente, no militan en Hamás.

Los más lúcidos piensan que acordonar guetos como el de Gaza, es proceder como los nazis y que proceder como los nazis es ofender a las víctimas del Holocausto y a los héroes de Varsovia. Es patrocinar que haya “judíos de los judíos”, como dijo el escritor libanés Elías Khoury. Por ahora esas conciencias no pueden modificar un sistema internacional basado en la fuerza antes que en el derecho, pero su testimonio rescata al género humano. Como decía Jean-Paul Sartre cuando la Francia ocupada: “Mientras exista una sola conciencia libre los nazis no habrán ganado la batalla”.

Fuente: CriticaDigital.com

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