Thursday, February 19, 2009

El que no aprende nunca

El tipo hizo todo mal. Es un desastre. Por eso está más solo que George Bush en una asamblea contra la globalización. Lo tenía todo y lo perdió todo. En los ochenta era una estrella indiscutida. Le sobraban mujeres, amigos y dinero. Hollywood lo veneraba. Había dejado su impronta en películas como La ley de la calle y Corazón satánico, por nombrar dos de las que vi. Y, como si fuera poco, le había volado la cabeza a miles de mujeres con sus juegos eróticos en Nueve semanas y media. Desde allí arriba se cayó. No es joda. Se entregó con puntillosa dedicación a todos los excesos. Traicionó la confianza de sus seres queridos. Arruinó algunos buenos proyectos. Eligió el infierno cuando podía disfrutar el paraíso. “Se volvió loco”, explican. “Me volví loco”, reconoce. Su esposa lo dejó. Quedó en la ruina. Decidió cambiar los estudios de filmación por un ring, el deporte que había practicado de niño. Se agarró a piñas mientras pudo. Quería ser como Tyson, como Carlos Monzón, a quien admira. Le dieron duro. Le rompieron varias veces la nariz. Estuvo a punto de quedar medio tonto. Hizo de monigote para la tele. Y sin embargo, Mickey Rourke volvió. Eso es lo que emociona de su último filme. La fe del que no aprende nunca y vuelve.

Desde que dejé a Rourke en la pantalla, tirado sobre un ring de lucha libre, no puedo dejar de pensar en un poema de Raúl Gustavo Aguirre: “El que no aprende nunca toca el fuego / el que no aprende nunca da una mano, / el que no aprende nunca vuelve a andar. / El que no aprende nunca se golpea contra una pared y con la otra / y después con la otra y con la otra / y sigue caminando”. ¿Qué hilo invisible une al boxeador con el poeta que dirigió la revista Poesía Buenos Aires? El luchador, la película de Darren Aronofsky que significa literalmente la resurrección profesional de Mickey Rourke es la clave. Funciona como metáfora. Si bien cuenta la historia de Randy Robinson, un luchador viejo y enfermo mezcla de Rocky y Martín Karadagián que pelea por permanecer activo; el filme parece calcar las desventuras del actor en los últimos veinte años. También marca su regreso. Rourke es Randy y Randy es Rourke. Imposible no verlo de esa manera.

“Odio los noventa”, dice Randy. Y lo mismo piensa Rourke. En esa década olvidable también para los argentinos, conoció el precio de casi todo y el valor de casi nada. Rourke derrapó sin más ayuda que sus propios desatinos y lo pagó con su cuerpo. Volvió a boxear y la cara le quedó desfigurada. Respondía a su naturaleza. Su historia estaba cruzada por la violencia desde la más tierna edad. Fue víctima de abusos y maltratos de los que prefiere no hablar. “Si tuviera la oportunidad de elegir entre volver a nacer o no nacer, preferiría no haber nacido”. Eso dijo Mickey Rourke en una entrevista. Eso piensa Randy, su personaje, cuando su hija lo desprecia y el amor que expone torpemente no alcanza ni para conmover el corazón de una prostituta.

La historia de Randy vale la pena. Hay momentos en los que aparece como un Jesús martirizado, su cuerpo lacerado por virios y espinas. Tal vez por eso cuando le mencionan una frase de La Pasión de Jesucristo de Mel Gibson, sólo atina a decir “era un tipo duro”. Jesús era un tipo duro como él, como Rourke.

¿Merece un Oscar? No lo sé. El luchador es una película pequeña pero ejemplificadora. Randy “The Ram” Robinson se golpea con una pared y con la otra. Es un derrotado. Un personaje patético e incapaz de amar. Alguien que se disfraza y toma sesiones de cama solar. Sin embargo, tiene la talla del héroe común. Además lo suyo es la lucha libre, un mundo menos glamoroso y frontal que el boxeo. Allí todo está pautado. El ganador ya sabe el resultado y luego de la lucha se va con el perdedor a tomar unas cervezas. En ese escenario se finge el dolor aunque los golpes duelan de verdad y se miente la sangre aunque las heridas sean reales. Durante la filmación Rourke tuvo que visitar varias veces el hospital.

El filme de Aronosfky tiene un valor extra: revela el consumo de drogas, sedantes y anabólicos, en una actividad que parece marginal pero que reproduce los usos y costumbres de varios deportes de alta competición y muestra, sin ambages, el final de huesos rotos y cuerpos inflados.

Pero hay más. Rourke y Randy hacen un ejercicio virtuoso de la pelea. Como dicen que pidió una vez, el presidente de Italia, Sandro Pertini: saben pelear no sólo sin miedo, también saben pelear sin esperanza. La frase del socialista italiano debería formar parte del catecismo de cualquier militante popular.

¿Merece un Oscar? No lo sé. Rourke ya ganó cuando se encontró con Randy. Cuando se dio cuenta de que tenía que seguir caminando. La Academia debería premiar más que su buena actuación, la digna tozudez de quien vuelve a levantarse para pelear cuando ya empezó el conteo del final y la lona le aplasta la mejilla.

Fuente: criticadigital.com

0 comentarios:

Blog Archive

RAM-MA-THA

  © Blogger template Newspaper III

Back to TOP